El Papa Francisco no sabe nada sobre moda, ni sobre gays



“En nuestras sociedades, la homosexualidad parece ser una moda”, dijo el papa Francisco en una entrevista, divulgada por la agencia DPA, que generó titulares en los diarios del mundo. Siempre la misma historia: cuando el papa y algunos obispos y curas no tienen nada mejor que hacer –ocurre a menudo, ya que no tienen un trabajo, ni una casa que cuidar, ni facturas de luz y gas para pagar, ni una familia de la que ocuparse–, hacen alguna declaración ofendiendo a los homosexuales.

Es un hábito muy característico de esa gente, como celebrar misa, comer hostias y abusar sexualmente de niños. Si ya pasaron algunas semanas sin que ningún representante de la Iglesia católica diga alguna barbaridad sobre los gays, ahí viene. Es como una adicción, una obsesión patológica que los acompañó por siglos y que comparten con sus primos más fanáticos de las otras religiones monoteístas.

“La homosexualidad parece ser una moda”, dijo papa Francisco, como si maricas y blue jeans fueran más o menos lo mismo. Las ofensas gratuitas de la Iglesia contra los gays no obedecen a la lógica, ni al conocimiento científico, ni, aunque sea, a un mínimo conocimiento de mundo. Pueden decir cualquier pavada con la misma impunidad que les concedemos a los chicos y a los locos que se creen Napoleón, con la diferencia de que a Francisco mucha gente lo toma en serio. El papa abre la boca, suelta alguna estupidez sobre los gays y tenemos que dar la noticia como si fuese una opinión respetable. No importa el daño que haga, el sufrimiento que cause a tanta gente.

Lo cierto es que cualquiera sabe (o debería ser capaz de intuir) que una moda es un comportamiento o costumbre que se extiende en un determinado momento, en cierta cultura y por un período limitado, hasta dar paso a otra nueva. Es una tendencia de época, muchas veces cíclica –modas antiguas suelen volver–, limitada en el tiempo y el espacio, situada en un contexto cultural y social (y estoy aquí usando un concepto amplio, que no se limite a la vestimenta). Por eso, una moda es, necesariamente, pasajera; tiene que ver con lo que las personas hacen (no con lo que son) y se extiende entre gentes comunicadas entre sí e identificadas por valores y códigos comunes.

La homosexualidad –del mismo modo que la heterosexualidad y la bisexualidad– no es nada de eso. Para empezar, no es algo pasajero, ni como fenómeno social, ni como “comportamiento” individual (de hecho, no es un comportamiento). Ha existido en todas las épocas, desde la más lejana antigüedad de la que tenemos registro, en cualquier lugar del planeta donde hubiese seres humanos (y también otras especies, aunque ese es un capítulo aparte). No hubo períodos históricos en los que hubiese más homosexuales, o menos: todo indica que la proporción se mantiene más o menos estable a lo largo del tiempo y entre regiones geográficas y culturas.

Tampoco puede decirse, a nivel individual, que la orientación sexual (sea cual fuere) sea algo pasajero en la vida de nadie. Toda persona, sea gay, hétero o bi, sabe que su orientación sexual es algo constitutivo de sí, que fue siempre la misma, porque se refiere a lo que somos y no apenas a lo que hacemos: aun quienes, condicionados por factores ambientales (represión, prejuicios, rechazo de la familia, etc.), hayan asumido en algún momento de sus vidas un comportamiento sexual contrario a su orientación, obligados por las circunstancias, no dejaron por ello de sentir lo que sentían. Aun cuando la homosexualidad, reprimida socialmente, se mantenga en un armario interior hasta un determinado momento de la vida, al salir del armario reconocemos lo que siempre habíamos sentido desde que tenemos memoria.

La homosexualidad tampoco es un fenómeno localizado en el espacio, limitado a un determinado grupo o sociedad, cuya extensión dependa de lazos de comunicación, valores o códigos comunes. Además de haber existido siempre, en todas las épocas, la homosexualidad existió y existe en todas las culturas, en todos los continentes, en civilizaciones que no estuvieron comunicadas entre sí. Había homosexualidad entre los españoles que llegaron a América y entre los pueblos indígenas que ya habitaban aquí, como la hay en todas las naciones contemporáneas, sin importar cuál sea su lengua, cuáles sus costumbres, su forma de organización política y económica, sus creencias. Inclusive en las sociedades con regímenes políticos extremamente homofóbicos, donde ser gay puede ser condenado a la pena de muerte, eso no impide que nazcan personas homosexuales.

La homosexualidad –del mismo modo que la heterosexualidad y la bisexualidad– no es nada de eso.
Si la homosexualidad (así como la heterosexualidad y la bisexualidad) ha existido siempre, en todas las épocas y culturas, y se ha manifestado entre los seres humanos como una característica de su sexualidad con incidencia estadísticamente estable, es justamente porque no es un comportamiento circunstancial, ni cultural, sino parte de la diversidad biológica de la especie humana. Lo que es cultural y, por ello, ha cambiado a lo largo del tiempo, así como varía aún hoy entre diferentes pueblos y culturas, es la manera en la que categorizamos la orientación sexual, las palabras que usamos para nombrarla, los significados que le atribuimos, el papel que ocupa en nuestra forma de vida, los juicios morales que hacemos sobre ella, la manera en que es tratada por nuestras creencias, religiones y sistemas políticos.

Del mismo modo que tener la piel negra es una característica biológica, pero categorizar a las personas por ese motivo (llamar “negro” a quien tienen la piel negra y no a quien tiene negros los ojos o el cabello) es cultural. La negritud tiene en nuestra cultura implicaciones políticas, sociales, religiosas, económicas, etc. Pero ninguna de ellas causa el color más oscuro de la piel, que seguiría existiendo en algunos de nosotros como parte de la diversidad biológica de nuestra especie, aunque no fuese relevante para nuestra forma de vida, como no es relevante el color de los ojos.

La palabra “homosexual” y todo lo que ella carga consigo es cultura, así como la palabra “negro”, usada para categorizar personas. Pero el hecho de que haya personas que sienten atracción sexual y afectiva por otros de su mismo sexo no es cultural, sino biológico. No es una conducta, sino una de las posibles orientaciones sexuales del ser humano, que varía entre individuos de esta especie, como el color de la piel, por motivos que pueden rastrearse, inclusive, en los genes. No es algo que se elige, ni se aprende, ni se imita, ni depende de modas o tendencias. Y ser homosexual no es mejor ni peor que ser heterosexual o bisexual, ni más ni menos normal, ni más ni menos natural. No es un defecto, ni una anomalía, mucho menos algo moralmente condenable. Decir que la homosexualidad es “una moda” (o inmoral, anormal, antinatural y otras barbaridades que la Iglesia suele decir) es tan non-sense como sería decir que es una moda ser pelirrojo, o que está mal, o que es, como dijo Francisco en la entrevista, “preocupante”.

Lo que pasa es que, si ser pelirrojo nos parece muy diferente, difícil de comparar a ser homosexual, es porque nuestra cultura no le atribuye al color del cabello la relevancia social que le atribuye a la orientación sexual, o al color de la piel. Y si a la Iglesia católica le cuesta tanto reconocer lo que la ciencia ya sabe sobre la orientación sexual es, justamente, porque esa institución es en gran medida responsable por la producción y perpetuación de juicios morales que atribuyen a determinadas orientaciones sexuales valores negativos que, por su vez, sirven de justificación para políticas de odio, prejuicio y discriminación que la misma Iglesia ha promovido perversamente a lo largo de su historia. La homofobia tampoco es una moda, porque ya dura demasiado tiempo para serlo, pero sí es algo que no forma parte de nuestra naturaleza y que, al igual que el racismo, puede y debería acabar un día.

Si el papa Francisco no le tuviese tanta alergia –o miedo– al conocimiento científico, podría leer cientos de artículos de investigadores de diferentes campos que han estudiado las causas biológicas de la orientación sexual (no de la homosexualidad, sino de todas las orientaciones posibles). El libro Gay, Straight and the Reason Why – The Science of Sexual Orientation, del neurocientífico británico Simon LeVay, reconocido investigador de la Harvard Medical School y el Salk Institute for Biological Studies, trae una detallada exposición sobre lo que la ciencia sabe actualmente en relación a los orígenes biológicos de la orientación sexual. Los libros no muerden.

Y ya que hablamos sobre moda, Francisco, ustedes son los menos indicados para opinar. ¡Hace siglos que se visten todos igual, de acuerdo a la casta clerical a la que pertenecen, como esposas, tías, Martas y criadas! Aunque se portan todas como tías, dígase de paso.



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